Metrocrónica # 21: "Parampampampampampam... Váyalo!"

A veces, la vida incluye unas marcas de alegría.
Esta ciudad, construída con sangre, sudor y lágrimas, tiene también como elemento aglutinador la alegría, la risa ritual del que sufre pero también se goza su desdicha, la risa salvadora, la risa carnavalesca y Caracas es también un carnaval, tal como los futboleros diríamos. Es un carnaval de alegría, pasión y tristeza pues todo está, todo nos nutre, desde lo sagrado, desde lo profano, su pesar en una sonrisa, su pesar en una broma, en una situación jocosa, pues todo eso es Caracas, todo esto es lo que nos hace únicos en nuestro mundo, en nuestro universo. Todo es alegría y todo es tristeza en la misma proporción.
Y esta es nuestra tragedia, nuestra relación de amor y odio con la amante dormida, pues nacimos de la guerra, de la violencia, del ultraje, de la violación, del desamor, del abuso, de la viveza, pero también si nos detenemos a pensar, con alegría repentina, con risa abierta a veces también, sobre nuestra desdicha, aquí a orillas del Caribe y rodeados de Waraira, aquella doncella vigilante y constante de nuestras mañanas laboriosas.
Bajo este sol ardiente, con risa constante, con preocupación del peligro latente, sentimos el palpitar de la ciudad y vamos llevando nuestros días, junto al hermano, junto al amor, junto a la madre, a la hija, al hijo, al padre, al abuelo, al patrón, al obrero. Somos un crisol, somos una masa informe de sensaciones y colores, y allí, todo amalgamado con música, pues dicen que con música, todo se lleva mejor.
¿Y cómo lo llevamos mejor? Pues lá música aparece en todos lados para marcarnos el ritmo de este "Valle de Balas" como diría Horacio Blanco, o el Valle de Lágrimas, triste herencia católica que marca el rumbo lastimero de un "buen cristiano" que sepa sufrir las viscitudes de su vida y que también marca a esta ciudad.
Y realmente si hay algo que une a todos los caraqueños, a blancos, negros, e índios, a flacos y a gordos, a ricos y a pobres, a los de derecha e izquierda, a los caraquistas y magallaneros, todos estas especies que pululan por nuestra ciudad, los que son nuestra fauna única e irrepetible, eso es, no lo dudemos, la salsa pues esta es la "sangre" que nos transporta todos los nutrientes de alegría, la que nos recuerda la alegría del nuevo día y nos rememora de donde venimos y hacia donde vamos, a pesar de los pesares ¡Ave María!
Cierto día, cualquier día, en cualquier estación, esa es la entrada habitual que da rienda suelta a las crónicas que por acá suceden, pero no, hermano lector, la verdad es que, esta vez, te diré que todo esto ocurrió y en una tarde calurosa caraqueña y por enésima vez, el pocas veces bien recordado y sufrido Metro fallaba en la estación Bellas Artes.
Acababa de entrar y, como siempre y como todos, tengo urgencia, tengo apuro pues, como casi siempre, tengo miles de tareas que hacer y el tiempo nunca parece alcanzar. Es un tema así como el dinero: trabajas, trabajas y el dinero nunca parece alcanzar y como el tiempo, siempre se agota, nunca rinde. Ya has pensado todo esto pero estas son reflexiones para otra crónica, para otro día.
"Señores usuarios, lamentamos informar que por arrollamiento en la estación Pérez Bonalde, en estos momentos, el sistema presenta fuerte retraso".
"Coño de su madre, no joda"- pienso, lamentándome de mi suerte.
"Ay, pobre criatura, que Dios le de descanso eterno"- riposta sin saber una señora, recordando la razón del retraso.
En mi mente, y supongo que en la mente de todos los caraqueños también ocurre, siempre pensamos en nuestra necesidad y no en la tragedia de nuestro hermano: En ese momento inicial fue más importante para mí mi propia necesidad, mi propio apuro y no las razones que llevaron a aquel suicida infausto a acabar con su vida de forma pública y ganarse la afrenta del 70% de la ciudad pues lanzarse a los rieles del Metro no es sólo afectar al que dentro del vagón en movimiento o al que está en el andén, sino que también afectas al que está por entrar a la estación, al que apenas se está despertando, al que va bajando al Metro, el que está afuera esperando bus pues todo acá, en Caracas, la antigua sucursal del cielo y que ahora más parece la sucursal del infierno, al que no usa el Metro pues los pasajes suben en la superficie cuando el Metro no funciona, el que tiene que caminar también pues los usuarios salen como exaltados y molestos por la incomodidad y se producen confrontaciones, gritos, estrés, tragedia, dolor, amor, premura, todo confluye con "apenas" una muerte trágica.
Luego de la digresión mental y verbal, comienzo a sentir pena del infortunado. Tengo la sensación de identificarme con su tragedia y sólo espero que no haya sido aquel sujeto que mira los rieles fijamente "y que tiene la sensación de que algún día lo hará".
En nuestra larga espera encerrados en ese vagón, todos los pasajeros transpirábamos sudor, tensión y pesar. Nótese que, como actitud normal, somos evasivos con nuestras miradas, nadie mira a los ojos de otros. El cansancio empieza hacer mella y una señora dice:
"Es que francamente, nada en este país funciona. Ni el Metro funciona. Ya llevamos 10 minutos y este calor, este gentío. Ay, hasta siento que la tensión me falla"- dice en voz alta amargamente una de las tantas usuarias de tercera edad del Metro.
Y sí, es lento y pesado el tiempo de espera. Parece interminable, pienso tranquilamente cuando salta otra voz: "Yo no sé cuando iremos a salir de esta pesadilla" y bastó que alguien dijera eso para que saltara un coro de voces apoyando a aquella voz, aquel grito desesperado en la multitud.
Es en la multitud donde nuestros sentimientos parecen aflorar de forma distinta y se tornan contagiosos y dominantes, tal como en los ejércitos antes de cualquier batalla, primero están paralizados del miedo y espanto hasta que llega algún general de baja estatura pero grande en carácter y fiereza que nos hace sentir que siempre será mejor morir bajo el fuego enemigo que huír, que la cobardía.
"¿Hasta cuando vamos a estar acá, Dios mío? Por favor, alguien que toque el timbre de emergencia. ¡Auxlio!"
El pesar es contagioso, las fuerzas flaquean y no hay solución a la vista, las tropas se entregan a su desgracia, ya se imagina el fusil o la lanza "realista" o la lanza enemiga destruyendo nuestros cuerpos, y peor aún, nuestras almas.
Pero, "!Esto es Caracas, compadre!" Acá, nuestro día a día nos obliga a ser héroes: héroe el que se levanta a trabajar, héroe el que se aguanta el tráfico, héroe el que cumple en su trabajo a pesar de las dificultades, héroe el que puede llegar a casa, héroe el que huye del peligro constante, héroe es también el que aún tiene ánimo para sonreírle a su família, jugar con los hijos y amar a su pareja y héroe será también el que cante, el que sonría y el que no permite que su tristeza y su tragedia personal le impida cantar y ser feliz.
"Kurukutákurukutákurukutá.... Pipiriririririn... Pipipiririn... ¡Váyalo!"- se escucha una voz estridente que produce sonidos de todas clases con el golpeteo de sus manos contra sus piernas mientras está sentado en los asientos azules. Todos volteamos, curiosos, para descubrir el orígen de aquel escándalo súbito.
"Las caras lindas de mi gente negra son un desfile de velas en flor..."- canta la voz con contagiante alegría. Todos nos miramos buscando una explicación plausible a aquel acontecimiento que no sea un reventón de locura debido al calor.
Y en esa salta una señora: "Ahora sí que me jodí yo. Salta este loco acá a cantar, lo que faltaba". Todos hacemos silencio y sentimos el golpe en la cara y miramos al "cantante" del vagón que mira a la señora y ríe a boca llena: "Ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja" y dice: "Que ríe, que llora, ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja"
Tal parece que ya nos ha surgido nuestro general de voz de trueno, o mejor de risa de trueno, que nos invita a la batalla, a luchar contra el "español" o contra el inglés, nuestro Simón Bolívar, nuestro William Wallace particular y todos nosotros reímos también con este "general" risueño y feliz.
La señora aguantó el golpe y arrugó la cara, hizo mutis por unos instantes y retrucó: "Qué bueno que al menos ría. Así es la locura".
Nuestro general hizo silencio y miró al infinito por unos instantes. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras yo lo detallaba: Era un hombre negro, flaco, entrado en años y con suficientes canas en su cabello para indicar que mucha agua ya había corrido bajo el puente de su vida. Sus manos eran callosas y sus brazos tenían la complexión y las venas marcadas del que hace trabajos manuales de gran exigencia, tal vez era un agricultor, un albañil, etc.
"Y tú loco, loco, loco, pero yo tranquilo"- responde sabiamente nuestro negro general, y vuelve a reír abiertamente, mientras se escuchan risas abiertas, carcajadas y hasta un aplauso por la respuesta ingeniosa.
No hubo respuesta goda, la señora sólo hizo un gesto desaprobatorio y nuestro general de raza negra repite el ataque: "De los negros de Caracas, yo soy el negro más guapetón, yo soy el más cumbanchero que se pasea por el malecón... " Y de repente, nuestro "Maelo", nuestro "Oscar de León" se levanta de su asiento y entre la muchedumbre, toma de la mano a una chica morena que lo miraba con alegría e inesperadamente comienzan a bailar.
Se producen apretujones, pisotones, movimientos inusitados, pero la alegría desbordaba en el vagón y ya la general goda no era tan antipática y hasta parece unirse a la algazarra. Un grupo de muchachos surge como banda musical y mientras algunos imitan casi a la perfección los ritmos de una orquesta, unos son la percusión, otro es la trompeta, uno más retraído imita a un bajista, y al final, surge un sonero, un solista que se acerca a la pareja bailarina y le canta con dulzura a la chica:
"Negra, mueve la cintura... Negra, salta para acá... Déjame sentir, mi negrita santa, esta sabrosura, mira, que no puedo más"...
El vagón se volvió un pandemonium y todos cantan "Parampampampampampam... Sí, señores, dicen que soy negro cumbanchero..." Todo era alegría y fiesta aunque el calor apretara, había gente feliz y que acompañaba la algazarra gestualmente, la señora "realista" ya echaba un pie con un viejito atrevido que le cantaba su canción privada: "Sé que tú no quieres que yo a ti te quiera, siempre tú me esquivas de alguna manera..."
"Sí, señores, dicen que soy negro cumbanchero..."- se gritaba a coro, el vagón seguía prendido y hasta una sonrisa se dibujaba en mi rostro, mi pie marcaba el ritmo.
No nos habíamos percatado, pero el tren ya estaba avanzando y el aire acondicionado volvía a funcionar. "Estación La Hoyada"- dice una voz a través del altavoz. Es mi momento de bajarme, pero esta vez, lo haré con una sonrisa.
"Esto es Caracas, compadre"- pienso, mientras sonrío, saliendo del Metro. Podemos estar en una situación muy triste, pero de nada armamos una fiesta. Siempre tendremos la salsa para animarnos.
Como diría un viejo amigo: "¡Salsifícate!"


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