Metrocrónica # 56: "En la sala de un hospital encontré a Dios"

En la sala de un hospital encontré a Dios. Estaba vestido con ropa y bata de médico. Era una mujer. Tenía larga cabellera, muy blanca, ojos claros y con cara de stress y de insomnio de varios días.

Dios corría de un lado a otro, gritaba y gemía en desespero. Miraba a su alrededor buscando respuestas y solicitaba asistencia mientras un paciente abaleado, un señor de 40 y tantos víctima de un asalto, se desmayaba y se desangraba en sus brazos.

En la sala de un hospital encontré a Dios. Esta vez era una joven mujer parturienta, seguramente no mayor a 25 años y cuyo único crimen parece haber sido confiar y enamorarse de un "galán" de su barrio que le prometió amores y colores de todo tipo y ahora, Dios estaba sola en la sala de este maloliente hospital esperando la llegada de otra vida.

Dios se quejaba y hacía gestos de un incontenible dolor, mientras se balanceaba de adelante hacia atrás como buscando la posición correcta, el gesto menos doloroso. Quizás lo que le dolía no era la vida que crecía en su interior e intentaba salir, tal vez era la amarga y vacía soledad que transmitía esta sala de hospital, maloliente y triste.

En la sala de un hospital encontré a Dios. Ahora era un vigilante de puerta, tenía un gesto adusto y burlón a todo el que pasaba, a todo el que pedía de su "gracia" para buscar la "salvación" en este hospital. Dios, en su papel de señor y dador de vida, decidía quién entraba y quién no, quién recibía asistencia y quien, por el contrario, no la merecía.

Dios estaba listo para entregar su guardia. Ya eran más de las 7 pm y su relevo no había llegado. Comenzaba a desesperarse por la espera para ir a su "paraíso", a su hogar y por el fastidio que una señora, madre de muy joven por lo que se ve, preguntara y fastidiara tanto por su hijo herido y en la emergencia de este antiguo hospital.

De nuevo, en la sala de un hospital encontré a Dios. Una señora, de entre unos tardíos 30 y unos tempraneros 40 años de edad, curtidos con sufrimiento, tragedia y dolor, pues adentro está su único hijo, víctima de varios disparos productos de una situación confusa en la que el joven es acusado de asaltar y matar a un señor, de unos 40 años de edad para quitarle las escasas pertenencias que tenía.

Este Dios de niño creció en la más inmunda y horrorosa pobreza, por allá, por los reconditos Valles del Tuy, hija de una madre soltera y sin estudios, y de un padre desconocido y fugitivo. Ya a los 10 años salió de casa y conoció a unos "amigos" que le enseñaron a vagar por el desierto de las tentaciones pues este Dios si se dejó seducir, sí se dejó salvar de la caída del templo y vagó, vagó por 40 días, 40 meses o 40 años, da igual la magnitud del tiempo, pues hoy está acá, atravesado por 6 balas en la cabeza, pecho y cuello, disparadas por el arma de la justicia uniformada.

Este Dios muere, muere lentamente, con 16 años y tal como el Dios de la Biblia, muere atravesado por sus pecados, por sus dolores, por los míos, por los tuyos, por los nuestros.

En la sala de este hospital encontré a Dios: fallecía lentamente, se jactaba de su poder, sufría al dar vida, sufría por no poder hacer nada.

Aquí en la sala de un hospital abandonada, donde ni Dios parece querer estar.

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