Metrocrónica # 11: "Toda mujer es un cúmulo de versos"
"Informamos a los señores usuarios que, en estos momentos, presentamos fuerte retraso debido a una falla eléctrica"
"C$#@&#@@"-$#@@mo de su madre" dice alguno por allí, en el medio del vagón.
"Otra falla, sin aire acondicionado y ahora más y más retraso"- contribuye una muchacha, muy maquillada y seriamente irritada, seguramente porque iba a llegar tarde al trabajo rutinario.
Mi rito cada mañana es subir como pueda al Metro y abstraerme mientras llego a mi destino. Normalmente cierro los ojos, me olvido del mundo y me dejo llevar, mientras leo, a veces, mientras fijo la mirada en un único punto perdido en el espacio.
Cerré los ojos, el sueño era más poderoso que yo. Era apenas el cansancio de una semana siempre difícil y mal paga que ya apretaba. Mis oídos detectan las conversaciones habituales y una voz sale de lo habitual, y dice: "Pero, ¿por qué? ¿Te vas del país? ¿Y yo? ¿Y nosotros?".
Mi costumbre es jugar a las adivinanzas conmigo mismo. Cierro los ojos y escucho las voces y así trato de adivinar facciones, gestos, colores, razas,costumbres, trabajo, dolores y hasta amores.
"No se siente igual. Debe buscar su sueño allá a donde va"... "No me había dicho nada..."
Súbitamente, el encanto de un perfume muy dulce, muy suave y muy particular parece activar mis raíces ibéricas, pues inmediatamente me transporté mentalmente al sur de la península y me imaginé en La Alhambra o en Algarve o hasta en Lisboa, junto a una chica árabe muy hermosa que me abraza, me acaricia mientras con sus ojos me va cautivando.
El perfume y la voz coinciden. El apagón y la espera del viaje continúa, pero ya no me importa pues mi viaje mental, la voz y el perfume me distraen de la pesada rutina, del diario calvario, de la diaria muerte en la cruz contemporánea.
"¿Qué pasó con todo lo prometido?"... "¿Qué pasó con tanto amor y tanta lealtad?"... "¿A donde quedaron las cartas y los poemas?" ... "Ya no soy su musa. Tal vez nunca lo fui".
Abro los ojos. Encuentro frente a mi a una hermosa mujer, lágrimas en los ojos ante la cobardía del abandono que conversaba con su teléfono. Su cabello lacio, muy oscuro, su piel blanca, mirada profunda y sugerente, pero sus ojos llenos de lágrimas me enternecían. "Ya no soy su poema", decía y yo, con ella, sentía el dolor del adiós, el dolor del fin.
Retira un papel de su bolso. Parece una carta vieja y en ese pedazo blanco y arrugado, se puede ver lo que resta de un poema, tal vez, escrito aparentemente cuando el amor era fuerte, cuando las promesas eran vacías, cuando el final no se adivinaba, cuando la muerte del adiós aún no se asomaba.
La miro con franqueza. No la miro con deseo ante tamaño monumento de mujer. Me enternezco, siento su pena y padezco su abandono. Una lágrima brota de su mejilla y se voltea contra la pared de aquel frío aparato de transporte que llamamos Metro y la escucho gemir: "Toda mujer es un cúmulo de versos..."
La escuché recitar ese primer verso. Su voz se apagó. Adivino que llora o que decidió seguir la lectura en silencio ante el ahogo evidente de su garganta que le pedía callar para no explotar en llanto y desesperación.
Mientras yo, observaba desconsolado el triste espectáculo de un mujerón siendo destruída por lo que parece ser un patán que prometió amores y colores y al final se fue con el alba.
Un impulso incontrolable me animó a completar en voz alta aquel poema:
"Toda mujer es un cúmulo de versos"
Toda mujer es un cúmulo de versos.
Toda mujer es una poesía andante,
Una historia que contar,
Un arte en plena exposición...
Hay un verso en tu cabello negro,
lacio, suave, delicioso...
Hay un verso en su balanceo acompasado
Al caminar,
Al hablar,
Al llorar,
Al amar.
Sus reflejos son el reflejo del sol
Son el recuerdo de lugares y tesoros ancestrales
Y todo se reduce a esto,
A un verso que es tu cabello.
Toda mujer es un cúmulo de versos:
Hay un verso en tu piel de porcelana,
En tu blancura suave como el algodón
En tu transpiración dulce e imparable
Sí, al amar,
Sí, al entregarte,
Y también, al despertar
Con el amor después del amor.
Hay un verso en tu sonrisa,
Hay un verso en los pequeños hoyuelos,
Esos que se te forman al reír abiertamente.
No dejes de sonreír pues tu sonrisa ilumina
Ilumina mi mundo.
Hay un verso en tu mejillas sonrojadas,
Recuerda cuando te hablo de lujurias,
Y de pasiones desgarradas...
Y de piel y de carícias...
Hay un verso en tus mejillas.
Hay un verso en tus ojos,
profundos, radicales y tristes...
No llores, mujer.
Muéstrame tu alegría,
Dame tu mejor mirada,
En ese juego de "olhares" profundos.
Hay un verso en tu cintura,
Punto álgido de la perdición,
El Paraíso o el Infierno perdido,
Dime tú cuál quieres ser,
A gusto del consumidor.
Hay un verso en tus piernas,
largas y firmes,
De Shakespeare (¿O preferirías Baudelaire?)
a Da Vinci,
Harían arte de tu arte...
Tu caminar de ángel perverso,
De ángel demoníaco.
Hay un verso en tus senos,
Ejemplo perfecto
De la absurda perfección
De la naturaleza
De la geometría
De la proporción áurea...
Del pecado.
Hay un verso en tus versos...
En cada palabra que callas...
En cada palabra que ocultas...
Eres mejor de lo que piensas,
Eres mejor de lo que crees.
Mujer, eres un verso.
Mujer, "el arte eres tú"...
Yo continuaba con los ojos cerrados y sin darme cuenta, estaba recitando en voz alta aquel poema. Cuando terminé, sentí un silencio profundo y perturbador y abrí mis ojos. La chica me miraba estupefacta, con su nota en la mano, con su dolor pausado y con los ojos muy abiertos y tres chicos más me miraban con cierto estupor.
La chica temblaba suavemente y no dejaba de mirarme.
En el fondo se escuchó: "Estación Agua Salud". Era mi parada. Quedé paralizado por 5 segundos, con pena de mi y vergüenza de lo ocurrido.
Bajé lentamente del vagón.
Mi costumbre es jugar a las adivinanzas conmigo mismo. Cierro los ojos y escucho las voces y así trato de adivinar facciones, gestos, colores, razas,costumbres, trabajo, dolores y hasta amores.
"No se siente igual. Debe buscar su sueño allá a donde va"... "No me había dicho nada..."
Súbitamente, el encanto de un perfume muy dulce, muy suave y muy particular parece activar mis raíces ibéricas, pues inmediatamente me transporté mentalmente al sur de la península y me imaginé en La Alhambra o en Algarve o hasta en Lisboa, junto a una chica árabe muy hermosa que me abraza, me acaricia mientras con sus ojos me va cautivando.
El perfume y la voz coinciden. El apagón y la espera del viaje continúa, pero ya no me importa pues mi viaje mental, la voz y el perfume me distraen de la pesada rutina, del diario calvario, de la diaria muerte en la cruz contemporánea.
"¿Qué pasó con todo lo prometido?"... "¿Qué pasó con tanto amor y tanta lealtad?"... "¿A donde quedaron las cartas y los poemas?" ... "Ya no soy su musa. Tal vez nunca lo fui".
Abro los ojos. Encuentro frente a mi a una hermosa mujer, lágrimas en los ojos ante la cobardía del abandono que conversaba con su teléfono. Su cabello lacio, muy oscuro, su piel blanca, mirada profunda y sugerente, pero sus ojos llenos de lágrimas me enternecían. "Ya no soy su poema", decía y yo, con ella, sentía el dolor del adiós, el dolor del fin.
Retira un papel de su bolso. Parece una carta vieja y en ese pedazo blanco y arrugado, se puede ver lo que resta de un poema, tal vez, escrito aparentemente cuando el amor era fuerte, cuando las promesas eran vacías, cuando el final no se adivinaba, cuando la muerte del adiós aún no se asomaba.
La miro con franqueza. No la miro con deseo ante tamaño monumento de mujer. Me enternezco, siento su pena y padezco su abandono. Una lágrima brota de su mejilla y se voltea contra la pared de aquel frío aparato de transporte que llamamos Metro y la escucho gemir: "Toda mujer es un cúmulo de versos..."
La escuché recitar ese primer verso. Su voz se apagó. Adivino que llora o que decidió seguir la lectura en silencio ante el ahogo evidente de su garganta que le pedía callar para no explotar en llanto y desesperación.
Mientras yo, observaba desconsolado el triste espectáculo de un mujerón siendo destruída por lo que parece ser un patán que prometió amores y colores y al final se fue con el alba.
Un impulso incontrolable me animó a completar en voz alta aquel poema:
"Toda mujer es un cúmulo de versos"
Toda mujer es un cúmulo de versos.
Toda mujer es una poesía andante,
Una historia que contar,
Un arte en plena exposición...
Hay un verso en tu cabello negro,
lacio, suave, delicioso...
Hay un verso en su balanceo acompasado
Al caminar,
Al hablar,
Al llorar,
Al amar.
Sus reflejos son el reflejo del sol
Son el recuerdo de lugares y tesoros ancestrales
Y todo se reduce a esto,
A un verso que es tu cabello.
Toda mujer es un cúmulo de versos:
Hay un verso en tu piel de porcelana,
En tu blancura suave como el algodón
En tu transpiración dulce e imparable
Sí, al amar,
Sí, al entregarte,
Y también, al despertar
Con el amor después del amor.
Hay un verso en tu sonrisa,
Hay un verso en los pequeños hoyuelos,
Esos que se te forman al reír abiertamente.
No dejes de sonreír pues tu sonrisa ilumina
Ilumina mi mundo.
Hay un verso en tu mejillas sonrojadas,
Recuerda cuando te hablo de lujurias,
Y de pasiones desgarradas...
Y de piel y de carícias...
Hay un verso en tus mejillas.
Hay un verso en tus ojos,
profundos, radicales y tristes...
No llores, mujer.
Muéstrame tu alegría,
Dame tu mejor mirada,
En ese juego de "olhares" profundos.
Hay un verso en tu cintura,
Punto álgido de la perdición,
El Paraíso o el Infierno perdido,
Dime tú cuál quieres ser,
A gusto del consumidor.
Hay un verso en tus piernas,
largas y firmes,
De Shakespeare (¿O preferirías Baudelaire?)
a Da Vinci,
Harían arte de tu arte...
Tu caminar de ángel perverso,
De ángel demoníaco.
Hay un verso en tus senos,
Ejemplo perfecto
De la absurda perfección
De la naturaleza
De la geometría
De la proporción áurea...
Del pecado.
Hay un verso en tus versos...
En cada palabra que callas...
En cada palabra que ocultas...
Eres mejor de lo que piensas,
Eres mejor de lo que crees.
Mujer, eres un verso.
Mujer, "el arte eres tú"...
Yo continuaba con los ojos cerrados y sin darme cuenta, estaba recitando en voz alta aquel poema. Cuando terminé, sentí un silencio profundo y perturbador y abrí mis ojos. La chica me miraba estupefacta, con su nota en la mano, con su dolor pausado y con los ojos muy abiertos y tres chicos más me miraban con cierto estupor.
La chica temblaba suavemente y no dejaba de mirarme.
En el fondo se escuchó: "Estación Agua Salud". Era mi parada. Quedé paralizado por 5 segundos, con pena de mi y vergüenza de lo ocurrido.
Bajé lentamente del vagón.



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