Metrocronica # 2: "CaraCAOS y el amor"

"Pana, cuidado con el bolso... Sal rápido, animal.... Cuidado con el niño... Déjenme salir... Siempre los de Valles del Tuy como unos animales... Bien bello: Este se quedó dormido..."

"Se les agradece a los señores pasajeros permitir el cierre de las puertas..."

"Se les agradece a los señores pasajeros...."

Una señora me mira y con gesto adusto me comenta: "Qué horror. A los que hemos llegado. Somos una sociedad en decadencia, en degeneración. ¿A dónde irá a parar todo esto?'"

En primera instancia, ni siquiera volteo, sólo escucho con atención y con mis ojos desinteresados y en una sola línea, como los del vikingo "Olafo, el amargado" cuando bebe cerveza, oteo el horizonte, a través de una ventana, mostrándome desespero, cansancio de rutinas diarias, gestos reprimidos de rabia y frustración por no haber podido abordar y un par de ojos que me miran fijamente por mi pasividad (¿Tal vez?) y me detallan ante la "suerte" de haber podido abordar muchísimo antes a este carruaje de metal que transporta, nunca elegantemente, a toda nuestra amada y odiada ciudad.

"La vaina está jodida, ¿verdad?. Ya no vivimos, sólo sobrevivimos, ¿cierto?"- insiste la señora y me vuelve a mirar como esperando reacción de mi parte y nada ocurre, pues nada de nuevo y como si su orgullo de señora entrada en años, de persona que se siente ignorada y no lo soporta porque está siempre acostumbrada a hablar y ser escuchada, mira a su alrededor como buscando explicaciones sobre lo que me ocurre.

"Pareciera que ya perdimos hasta la sensibilidad. Actuamos como animales, todos irracionales cuando entramos al Metro, pareciera que nos odiáramos, que fuésemos producto de la rabia y la frustración"-remata la señora en su último intento de llamar mi atención, sacarme de mi sopor y defender su orgullo.

Y, salgo de mi mutis y de mi reclusión interna típica de cuando el día revienta mal y provoca quedarse atrapado entre sábanas, de esos días en los que no te provoca ni pensar y que el mínimo contacto humano te parece irrelevante, intrascendente.

Miro a la señora a los ojos, miro a mi alrededor y sonrío. En un gesto de preocupación, de quien no sabe que ocurre, la señora también sonríe y le respondo: "Muy por el contrario, mi señora, ¿no ve que somos más bien producto del amor?".

La doñita se aparta un poco y pone gesto de quien trata de dividir 134302020203020201 entre 20503010032818,80. Sus dudas iban por el orden de tratar de entender si yo era un chavista radical o un opositor cínico y muy sarcástico o si, opción plausible esta, si yo estaba realmente loco por mi afirmación.

"Mijo, ¿cómo así qué somos un producto del amor?"- retruca la señora, muy curiosa e interesada intentando sacar conclusiones rápidas y le aclararan el panorama.

-"Sí, doñita. Somos productos de un amor muy duro y salvaje, pero me da como cierto hastío y pena con sus añitos, para no faltarle el respeto"- respondo yo, de manera cordial y con algún aire de simpatía.

Tal vez por ser llamada vieja, tal vez por la respuesta enigmática o tal vez por esa curiosidad femenina que todo quiere saber y que nunca se apaga y que nunca se extingue, la señora vuelve al ruedo y, de nuevo, pregunta: "¿Producto del amor duro y salvaje?".

De nuevo, volteo y la miro, y con un gesto de quien no tiene más remedio que tomar medidas ya advertidas, respondo: "Sí, mi señora, productos del amor duro y salvaje. A ver, ¿ud. es casada? ¿Tiene hijos?"

La señora responde, cada vez entendiendo menos: "Sí, claro. 40 años de casada. Me casé a los 18 años con mi único novio, con mi Manolito, el gallego. Que Diosito me lo tenga en su gloria. Tuvimos 5 hijos, todos profesionales, menos el último, que ese siempre fue comerciante nato y gana más plata que todos los otros juntos, sin haber estudiado"- responde la doñita pasando del orgullo a la nostalgia y de regreso al orgullo.

La señora hace un silencio, mientras en Chacaito se retoma la misma batalla de Plaza Venezuela y el tren se demora. 

"Dejar salir es entrar más rápido"- dice el parlante y alguien le responde, no con intención de ser escuchado sino más bien de aliviar su rabia y frustración: "¡Cállate la boca, mamagüevo"- usando el nuevo término acuñado por la RAE entre los venezolanismos, siendo ese uno de los más conocidos de todos para momentos como ese.

Yo miro con desinteresada atención todo el espectáculo dantesco y grotesco y nuestra quijotesca señora, de nuevo, ataca al molino de viento y me interpela: "Y ¿por qué me pregunta lo de los hijos y el matrimonio?" y yo, sin quitar la mirada del "campo de batalla" que abre y que cierra, mientras los pasajeros luchan por tomar por asalto el tren, de lado y lado, unos para salir, otros para entrar, le digo: "Mire lo que ocurre".

La pobre señora mira y observa como quien trata de entender y responde: "Sí, se están matando. Qué locura." A lo que yo respondo: "No, mire, mire bien. ¿A qué le recuerda esto? ¿No lo ve?"- digo con cierta desesperación notoria.

Asombrada y aturdida por mi respuesta, la doña baja la guardia y firma su rendición y dice: "No, mijo, no entiendo. ¿Me puede explicar eso del amor y que debo mirar, por favor? Dime, ¿donde está el amor allí?" y me lanza una sonrisa junto a una mirada atenta, casi suplicante de "la iluminación".

Tomo aire, me relajo y con paciencia le comienzo a explicar a la señora: "Cuenta la leyenda urbana..." Me detengo, me río y corrijo: "Ninguna leyenda urbana, son sólo ideas mías". La señora como en desespero, me insiste: "Pero siga, siga." Y yo recuerdo hacer mis advertencias de rigor: "No te se me vaya a molestar, ¿vale?" "Sí, sí, pero cuénteme, cuénteme".

Tomo aire de nuevo y le digo: "Yo creo que Caracas no es una ciudad. Yo creo que es más bien una hermosa mujer acostada en su lecho, esperando por su amado que venga y la posea, la tome". 

La señora me lanza una sonrisa cómplice y dice: "Qué bonita imagen" y yo, como esperando su afirmación, respondo: "Sí, el amor, el contacto piel a piel, la espera, el deseo, la pasión y la lujuria tienen belleza".

Y sigo mi historia: "Pues sí, Caracas es una bella mujer acostada en su lecho en la eterna espera de su amado" Y la señora, intrigada, "Ajá, ¿Y qué tiene que ver el Metro en toda esa historia?, a lo que respondo: "Pues que el Metro es ese amado. El Metro es un gran falo, un gran pene que penetra una y mil veces las entrañas de Caracas, en una eterna cúpula que inicia a las 5:30 am y termina a las 11:00 pm."

La señora salta en su puesto ante las palabras mencionadas y exclama un "Ay, Dios" mientras se sonroja. Yo continúo: "Pues sí, todos somos productos de esa eterna cúpula" y para ser más cínico voy a la ofensiva total y le comento: "Es como cuando en sus años mozos, D. Manolo la poseía salvajemente, no una sino varias veces, o ¿me va a decir que no hubo entrega, pasión, lujuria y salvajismo mientras hacían esos cinco hijos?"

La doñita se ríe a carcajadas, y el público que ya escuchaba mi exordium se ríe también ante el comentario ocurrente y yo continúo: "Somos productos del amor. Y nosotros acá, somos apenas espermatozoides que seremos liberados en los clímax de esa eterna cúpula, de ese eterno encuentro. ¿Por qué creen que entramos y salimos con toda la furia de los vagones? Pues porque somos parte de una enorme y constante eyaculación".

El público se ríe, otros se incomodan y otros reflexionan, y sigo: "Somos apenas espermatozoides. Somos millones y millones que entramos a este gran falo, a este miembro blanco y rojo que, sin protección de ningún tipo, posee mil y mil veces a Caracas y luego salimos por todo el útero de la ciudad para dar nuestro golpe de suerte, o sólo eso, encontrar la suerte, en forma de óvulo, en forma de sonrisa, en forma de amor, en forma de caricia, en forma de abrazo, eso que nos haga sentir que nuestra misión ha sido completada".

Algún ocurrente grita: "Y si resulta que esto es sexo anal, pues, ¿Qué somos?, ¿el desecho de esta ciudad?" a lo que hago silencio y rápidamente respondo: "Pero sigue siendo amor y producto del amor, ¿no? En la cama todo se vale y mientras Caracas y el Metro se lo tripeen, pues, por mi, está bien".

Y de nuevo, las risas y los comentarios ocurrentes. La señora se ríe, me mira como con complicidad y simpatía.

Los clímax y los orgasmos de la ciudad ya pasaron: Plaza Venezuela, Sábana Grande, Chacaito, Chacao, Altamira, Miranda. Y estamos en la etapa "post-orgásmica" del recorrido, ya casi no hay pasajeros que descargar y el Metro se toma su tiempo.

Se siente como Caracas y el Metro se relajan. Llega el amor después del amor, como diría algún cantautor argentino conocido. El amante se toma su tiempo y da hasta la impresión como si parara a fumarse un cigarrillo, casi podemos imaginar las caricias y las promesas perversas de los exhaustos amantes. Caracas, mujer multi y poliorgásmica, ya parece encontrar su paz, su acomodo y seguimos el lento recorrido.

"Estación Los Dos Caminos" se deja escuchar y yo, como buen espermatozoide, salgo en busca de mi óvulo para fecundar. 

Comienza el día.


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